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Colosos: sólo para osos

Colosos está ubicado en un sitio discreto de Chapinero, al final de un centro comercial donde venden papeles, servicios de impresión, minutos a celular y electrodomésticos. A la entrada, una luz de neón indica el nombre del bar, y hay una silueta de un oso sobre franjas de tonos cafés, que recuerdan la bandera representativa de la subcultura.

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El sitio es sencillo, pero acogedor: colores cálidos, naranjas y rojos. Una decoración osuna, con cuadros alusivos a la comunidad y su propia bandera colgada de lado a lado de una pared. La música no tiene nada que ver con la de las tradicionales rumbas gays, donde se escucha electropop; por el contrario, una noche cualquiera puede escucharse salsa. El ambiente es más parecido al de una cantina o taberna: relajado, tranquilo, íntimo. La noche en que estuvo Directo Bogotá había pocos hombres, pero todos encajaban en la descripción de los osos.

“Disculpen, no pueden estar acá. Este sitio es sólo para hombres mayores de cuarenta años”, se escuchó una voz masculina. A pesar de reclamar, la norma era implacable: “La administración lo ordena, así que les rogamos que salgan. No es algo personal”. El bar no admite jóvenes y menos a mujeres.

Los osos, como reitera Pink Sheep, “tienen gustos particulares y sus lugares de encuentro, bien sea en Internet o en bares clandestinos, nacen de la necesidad de socializar para buscar relaciones de pareja, sexo o entretenimiento”. Su propia aceptación llega desde la intimidad; Colosos viene a ser un lugar “que se convirtió en una excusa para reunir amigos”, dice un mesero que lleva años allí.

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Las uvas pasas

Si las categorías de daddy bear o polar bear parecen demasiado gringas, podríamos innovar con una colombiana: creole bear, o mejor, oso criollo.

En la calle 14 con carrera 7ª, en el costado izquierdo de la calle peatonal que continua en la siguiente cuadra del edificio de Avianca, hay una cantina con una pequeña entrada. En la misma cuadra hay un par de fruterías, una tienda y un bar, que tienen una gran concurrencia de día. Los jueves, viernes y sábados en la noche, la cantina de color verde pastel, protegida con una rejilla del mismo tono, se llena de hombres. Se puede llegar solo o en grupos: los más jóvenes aparecen por su cuenta, esperan que algún veterano los invite a una cerveza, y entablan conversación.

La cantina no tiene ningún tipo de aviso, pero en el mundo gay se conoce como “el bar de las uvas pasas”, porque hombres mayores van a “levantar” jóvenes para pasar un rato, compartir una cerveza o buscar espacios más íntimos.

Ese sábado en la noche, el bar, decorado de halloween, estaba lleno. Se escuchaba de fondo ‘Todos me miran’, de Gloria Trevi, mientras en las mesas los grupos de hombres se reían y tomaban cerveza. La apariencia de los varones cambiaba de una mesa a otra. La mayoría de los mayores tenía bigote y pinta muy masculina, nada comparado con los gays que van de rumba a bares de renombre. Los jóvenes caminaban de un lado a otro, coqueteaban y sonreían.

A medida en que el alcohol fluía, las inhibiciones se iban. Los pechiches eran cada vez más insinuantes: manos que descansaban en las piernas, caricias en la cara, abrazos y uno que otro beso espontáneo. Los grupos iban creciendo con el paso de las horas, y los nuevos clientes eran reconocidos por uno u otro compañero. Con la ranchera ‘De rodillas’, de Giovany Ayala, la fiesta se animó. Muchos cantaron en coro la letra de la canción, otros pidieron más cerveza. Era evidente que todos se sentían a gusto, y se divertían en un ambiente poco común. Cuando alguno de los hombres mayores sentía atracción por un joven, le enviaba una cerveza. Si el joven aceptaba el coqueteo, levantaba desde lejos la botella haciendo un brindis al aire, y después de un juego de miradas, uno u otro se acercaba a entablar conversación.

Vendedores de minutos a celular, vendedores ambulantes, obreros, en fin, hombres comunes y corrientes, machos muy machos, se encontraban esa noche para tomar unos tragos, cantar a grito herido y ser cariñosos unos con otros. A diferencia de los osos de San Francisco, no tienen requisitos de pertenencia a un grupo, ni cláusulas de exclusividad a su comunidad. Los osos criollos, como los clientes de Colosos, buscan hacer lo que quieren en un lugar donde se sienten libres.

Osos cazados en la red

La página www.colombiabear.com está dedicada a la cultura de los osos. Ha sido la red más grande para socializar y difundir esta cultura. Allí se publican crónicas de eventos, noticias relacionadas con sus formas de vidas y se convoca a la reunión de osos de cualquier parte del país, en bares exclusivos. Existe una cantidad considerable de blogs que se han convertido en un espacio de intercambio para los más tímidos.

Sitios como www.colossusprofile.blogspot.com, un blog creado por un oso paisa, o www.bogotawoof.blogspot.com, que tiene como artículo más reciente una crítica al bar Colosos, hablan en los foros “a calzón quitado”. Evitan las discriminaciones y las mojigaterías. La única regla es el respeto, aunque no faltan los osos que meten la pata.

* Estudiante de Comunicación Social de la Universidad Javeriana de Bogotá.