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Inicio / Yagé / Reportaje / De la toma al consumo Sus ansias de tomarlo cada ocho días se volvieron incontrolables. Ahora la prioridad, independientemente de los 70 mil pesos que costaba cada sesión, se había convertido en la necesidad de encontrar de nuevo a su hermano. A su vez el nombre del yagé, como lo simbolizan los indígenas, era lo suficientemente emotivo para seguir tomándolo las veces que fuera necesario.
Las sesiones se repetían cada ocho días con elementos particulares. Al comienzo los rezos eran individuales, cada persona tenía su ritual de iniciación personalizado, acompañado de dialectos que sólo ellos, los chamanes, decían entender y ambientaban con sus gemidos como si algo quisieran decir. Después la cosa cambió y "el taita", como lo llaman, pone un disco compacto con los mismos cánticos y sonidos que anteriormente hacía, porque ahora se debe hacer con más agilidad ya que el número de personas crece en cada sesión. Muchas personas, como Juan David, van a estos lugares clandestinos a tomar esta sustancia que ahora es catalogada adictiva por los estudiosos en farmacodependencia. "Su efecto 30 veces mayor al producido por la dietilamida de ácido lisérgico (LSD Lucy in the Sky with Diamonds, por el título de una canción de The Beatles), droga sintética producida por el hombre, que sobreestimula el sistema nervioso central. Esto significa que crea tolerancia, dependencia, y se investiga que también esté ligada con el síndrome de abstinencia que genera deterioro físico y psíquico", explica la docente especializada en farmacodependencia, Ángela María Parra Bastidas, de la Fundación Universitaria Luis Amigó, Funlam. La profesional añade que "por ese motivo, actualmente, existen personas en tratamiento de rehabilitación por consumo de yagé. Hay casos de profesionales formados, adictos y defensores del tema, a pesar de sus efectos". Lo que sea No hay ni una línea en la legislación colombiana que regule, prohíba o persiga el consumo no ancestral del yagé y el concepto de la toma se convierte más en consumo por sus índices de adicción. El Estado pone control sobre las sustancias alucinógenas ya conocidas, pero no puede evitar el derecho de las comunidades indígenas ancestrales al uso ritual de esta bebida, con lo cual se dificulta su control sobre el resto de la población. La única entidad del Estado que hace eso en la ciudad de Medellín es el centro de rehabilitación del consumo de drogas y alcohol Carisma, la cual financia el 95 por ciento del tratamiento para las personas que tienen Sisben 1 y 2. Las demás deben buscar tratamientos particulares. El número de profesionales y de personas de clases medias que consume yagé está en crecimiento. Juan David es uno de los que pasó el umbral y ahora recibe tratamiento para su rehabilitación en sesiones con psicólogos especialistas en farmacodependencia.
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