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Inicio / La Guajira / Reportaje /

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Criadero de tortugas marinas en el Santuario de Los Flamencos. / FOTO ANDRÉS JÁCOME

Este espacio que se comparte con los wayuu sirve para conocerlos, ver su cultura y su tradición, en la llegada ofrecen una bebida llamada souruva que representa la bienvenida. Cuentan las cosas más representativas de su cultura mientras que los turistas se recuestan en sus chinchorros, al terminar la charla los indígenas bailan la yonna, un baile muy especial que tiene mucho sentido para los guajiros.

“Cuando una persona tiene un sueño feo se busca al piache (chamán) que lo interprete, si siente que es algo muy terrible que viene se baila la yonna para que nada suceda, con el sonido de los tambores van llegando wayuus de otras rancherías, más músicos y chirrinchi (trago). Esto puede durar varios días y la idea es espantar ese mal que viene”, dice María quien aclara que los turistas lo ven y lo bailan apara que conozcan, aprecien y respeten esta cultura que también es colombiana.

Al final de la jornada los wayuu invitan a dar un recorrido por sus pequeñas casas hechas con cardón, barro y paja, también todas sus artesanías, lo que les permite sobrevivir, y degustar del friche, una manera de preparar el chivo que representa su más importante alimento. “Nos gusta que vengan los arijunas (quienes no son wayuu) para que nos conozcan… nosotros le damos cariño y compartimos, al final somos lo mismo”, concluye María.

Los flamencos rosados y Dibulla

Una hora de camino separa Riohacha del Santuario de Flora y Fauna de los Flamencos, esta especie de resguardo cercano a Camarones, una de las playas más reconocidas de La Guajira, se encuentra en un área rodeada por lagunas. Allí la idea es acercarse a los flamingos o flamencos rosados que se encuentran reunidos en un manglar a unos 30 minutos de la playa en una piragua impulsada por la fuerza de un guía.

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Playa Ojo del agua, Cabo de la Vela. / FOTO ANDRÉS JÁCOME

En épocas de verano las balsas se quedan pegadas al piso de la ciénaga, aún así se invoca a la experiencia y a la fuerza del guía para llegar, así sea a empujones. “Los flamencos se ubican lejos de la gente, nosotros nos acercamos y logramos verlos a distancia, pero hay que tener suerte para que no se espanten, por eso toca ir callados”, recomienda el guía.

Definitivamente no hubo suerte, salieron espantados, aún así a lo lejos se ve la mancha rosada que se combina con el azul del mar. El regreso es un poco más largo, el silencio del mar hace especial el trayecto, las gaviotas, otras aves llamadas ibis y los mismos pescadores hacen un ambiente único.

De regreso se pasa por un criadero de tortugas marinas que busca su conservación. Tortuguitas grandes y pequeñas se pasean por unos tanques azules que al crecer son liberadas en el mar. Este lugar está viviendo un proceso de reeducación a los pobladores y por ello este sitio busca conservarse con su ayuda.

De este lugar se pasa Dibulla, una hora más de camino. La característica más importante de este municipio de La Guajira es que allí desemboca el río Dibulla en el mar, de tal manera que hay doble opción de baño y de playas: con agua dulce y salada. La tranquilidad del río contrasta con lo agresivo del mar y el gusto hace variar de ambiente.

“Esto por acá es muy sabroso, vienes te comes un pescado, unos camarones deliciosos y escoges tu playa... esto es lo mejor”, comenta Ómar, hermano de Abraham, y guía de los alrededores de Riohacha.

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La comida de mar es una auténtica delicia en el territorio guajiro. / FOTO ANDRÉS JÁCOME

Así se acaba este recorrido por La Guajira, la punta extrema del norte nacional, un lugar rodeado de magia y color donde la naturaleza es la primera opción, donde el calor pierde la batalla con la brisa y donde las respuestas se encuentran mirando, disfrutando y viviendo el mar.



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