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El cabo de la vida

Las opciones para llegar al Cabo de la Vela, a tres horas de Riohacha, son variadas, desde agencias de viajes hasta guajiros que ofrecen un servicio negociable. En este caso Abraham se abre camino en su Burbuja por una vía absolutamente recta y plana, como lo es la mayoría del territorio guajiro.

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Playa Bidón de azúcar en el Cabo de la Vela. / FOTO ANDRÉS JÁCOME

De manera paralela pasa el tren que lleva el carbón de El Cerrejón, lo conforma casi 100 vagones. También se observan los avisos que invitan a las rancherías, lugares donde viven los wayuu, comunidad que alcanza el 38% de la población de este departamento que cuenta con unos 500 mil habitantes aproximadamente.

Pero antes de llegar a El Cabo hay un desvío. Se trata de Manaure, la famosa población que produce sal al frente del mar. Allí existen como una especie de lagunas artificiales con agua de mar llamadas charcas donde el agua va desapareciendo y la sal comienza a quedar. De allí se procesa y se comercializa para diferentes fines. Se destaca su blancura y una gran montaña de sal que va cayendo de una estructura metálica puede confundirse con la nieve.

Retomando el camino a El Cabo se adentra en una especie de desierto, por tan inmenso territorio se observa al famoso árbol del dividivi y uno que otro cactus y algo un poco extraño: puentes inconclusos. ¿Puentes en el desierto?, “para que veas como son los políticos acá. Acá en invierno el mar se mete a este pedazo e inunda todo, a veces es imposible pasar… para eso iban a construir los puentes, pero se robaron la plata primo… acá ni siquiera hay agua”, explica Abraham.

Luego tres horas de camino se arriba al Cabo de la Vela, un municipio meramente turístico que tiene el mar como principal huésped. Allí hay numerosas cabañas que reposan frente al agua, por 20 mil pesos se alquila un chinchorro o por 30 mil una cama sencilla… acá el desarrollo turístico avasallador no ha llegado y ese justamente es su encanto.

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Monumento a la Virgen en la cima del Bidón de azúcar. / FOTO ANDRÉS JÁCOME

Estas cabañas son atendidas por personas de la región, con toda la herencia cultural y gastronómica. Las opciones para comer salen del mar y se destacan las langostas, los camarones, el pez sierra, el róbalo y la mojarra, acompañadas por arroz con coco y los respectivos patacones.

El Cabo de la vela está repleto de paisajes azules llenos de mar, su viento refresca el incandescente sol que alumbra los caminos que conducen hacia sus puntos más atractivos como lo es el pilón de azúcar, una playa custodiada por una montaña que tiene en su cima un altar de la Virgen María. “Esto es muy hermoso, el mar, la brisa, el sol y la pureza del agua y la playa”, dice doña Fanny Cardona, una turista bogotana que venía por primera vez a estas tierras.

Otro de los lugares turísticos es el Ojo de agua, otra playa donde hay un pequeño nacimiento de agua dulce a la orilla del mar. Allí las grandes rocas se estrechan con los acantilados pero el agua sigue siendo noble y tranquila en la pequeña playa. La tarde finaliza en el faro, una península que está en frente del sol que comienza a esconder. Allí la mezcla de anaranjados se funden con las nubes y la brisa que golpea de manera recia, otra maravilla para contemplar.

El día termina en el Cabo de la Vela con un cielo absolutamente estrellado, todas las constelaciones de las cartas celestes acompañan la noche en este lugar donde el vaivén de las olas arrullan el sueño, no hay televisores, no hay música, no hay Internet… el perfecto lugar para el descanso.

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Indígenas Wayuu y sus artesanías. / FOTO ANDRÉS JÁCOME

 



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