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Celebraciones celtas al estilo rolo

En Bogotá se celebran la fiesta de la fertilidad (Beltaine), la fiesta del solsticio de invierno (Alban Arthuan), la fiesta solsticial de fin de año y la más especial y concurrida: el Saimhain: “Los celtas creían que en el día de su año nuevo -que casualmente coincide con el primero de noviembre del calendario cristiano- el mundo de los humanos y los espíritus era uno solo. Entonces, los humanos eran vulnerables a los espíritus malignos y para protegerse de ellos usaban disfraces y calabazas para ahuyentarlos”, afirma Andrés Felipe González, de 19 años de edad.

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Hasta el momento estos eventos no tienen patrocinio. ‘Filsoleil’ organiza las celebraciones en diferentes restaurantes y bares de Bogotá, y procura ser fiel a la tradición: “Son un concepto original que he creado y quiero mantenerlo muy puro, sin mezclas ni degradaciones comerciales”, explica.

Desde 2003, ‘Mapy’ también dirige diversos rituales celtas en torno a las fiestas del verano y del invierno. “El 21 de diciembre celebramos el solsticio de invierno con una ceremonia muy linda en un salón comunal: una meditación y un ritual que llamo ‘sembrando sueños’. Hablé de la sicomagia, una amiga habló sobre cristales, hicimos una danza circular con la música de ‘Filsoleil’ y tallamos runas en unas velas para la prosperidad en el 2008”, explica.

El ritual de los clanes

Los celtas bogotanos se conocen gracias a la página web y a los clubes Tertulias Musicales y Amigos de los Celtas: “Creía que yo era un bicho raro con mi pasión, pero por la página supe que en Bogotá hay otros como yo. Así fue como conocí el club de Andrés Salamanca”, señala Andrés Felipe. Cada viernes, desde 1997, los miembros de Tertulias Musicales se reúnen en la casa de ‘Filsoleil’, en el barrio Colina Campestre, para conversar, leer poemas, bailar la jiga e interpretar tonadas.

A las seis y media de la tarde tocan el timbre los tres primeros contertulios equipados con bodhrans, guitarras, prendas a la usanza del Medioevo, libros y discos. Custodiado por un par de perros french poodle, ‘Filsoleil’ se acerca a la puerta y los invita a pasar. En el fondo de la sala hay un gran barril. Alumbrado por una lámpara de pie se puede distinguir una darbuka (tambor árabe similar a un reloj de arena), entre el mobiliario.

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El primer visitante es Andrés Felipe, que viste una camisa bombacha de lino blanco, un largo chaleco color canela y un pantalón de lana marrón al mejor estilo medieval; es uno de los miembros más entusiastas de la comunidad. En un año ha escrito decenas de poemas, sabe tocar el bodhran y habla un poco el gaélico-irlandés, entre otras habilidades: “Siento pasión por su música, su magia, el espíritu de los bosques y los druidas. En 2006 aprendí a bailar la jiga irlandesa y actualmente manejo una microempresa de artículos decorados con motivos celtas, como cajas, porcelanas y platos”.

El segundo visitante es Freddy López, guitarrista de jazz y flamenco, de 23 años de edad, que apenas está incursionando en la música celta, y el tercero es Alfredo Hernández, también de 23 años, flautista y violinista de la Orquesta Sinfónica Juvenil.

El frío y la oscuridad de la noche invitan a encender la chimenea; ‘Filsoleil’ le pide a Andrés Felipe que saque el hacha para cortar las ramas. Junto con las llamas crecen los ánimos y los músicos tocan enérgicamente. A las siete y media. llegan los demás. José, de 55 años de edad, es el bardo de Espíritu Celta. Poeta de pocas palabras y muchos mensajes, señala que “todos somos poetas, pero pocos hablamos de poesía”. Richard Gutiérrez, de 30 años, es miembro de la tertulia desde 2005 y ama los cuentos tradicionales gaélicos tanto como Mary Ávila, una estudiante de 23 años que siente nostalgia cada vez que escucha aires célticos.

También llega Camilo Caballero, amigo del anfitrión y fiel seguidor de las tertulias: “Lo que más me gusta de estas reuniones es que son un plan relajado, sin cigarrillo, ni trago”, afirma. Están Dory Rojas y su hija Dorotea, que viven enamoradas de todo cuanto puedan conseguir sobre los celtas, y las hermanas Ughetti, que se vincularon al clan recientemente y siempre han sentido simpatía por los cuentos y leyendas de Irlanda. “Cuando era pequeña veía ‘espíritus elementales’, por eso me simpatizan”, apunta Ana María, la mayor de las hermanas, de 18 años de edad.

Cerca de las nueve de la noche, Camilo y José juegan ajedrez mientras tararean las melodías del acordeón; Alfredo y Ana bailan la jiga en medio de la sala y los demás ríen, gritan, aplauden, siguen el ritmo con los pies y las palmas. Así es como cada viernes, los gomosos bogotanos encuentran su lugar en la casa del Hijo del Sol, el paladín de los celtas en la ciudad.

 

 



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