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Inicio / La movida celta / Reportaje / Bailando en un pie A las nueve de la noche la música cesa. Jairo Calderón, un hombre corpulento, sostiene entre sus manos un bígaro: caracola marina que llama la atención del público con un fuerte sonido. Cuatro individuos cubiertos de capas negras caminan lentamente hacia el centro del salón; uno lleva una antorcha y dos llevan recipientes con agua y tierra. Así celebraban los celtas la fiesta del Samhain hace miles de años, llamando a los buenos espíritus con sus danzas y oraciones.
Cada actor recita poemas sobre los cuatro elementos de la naturaleza; se inclinan, elevan sus manos y se alejan calladamente. Desde la tarima, ‘Filsoleil’ se acerca al micrófono, saluda nuevamente a los presentes y se dispone a interpretar sus apacibles canciones. A las diez de la noche, dos invitados se arriesgan a colonizar la pista, moviendo sólo las piernas, asidos de la cintura o con los brazos atrás, pero siempre en un solo pie. De repente, salta a la pista una bailarina experta y todas las miradas se posan en ella. Ligera como un colibrí, Daniela Sandoval se desplaza a toda velocidad sobre los baldosines, yendo de un lado a otro, dando saltitos, levantando una pierna a la vez y trazando conos en el aire. Su energía y habilidad marcan el ritmo de la fiesta: los presentes intentan imitar sus pasos sin mucho éxito, pero con entusiasmo. Cuando parece que los pies de los inexpertos bailarines se rompieran por la frenética danza, las palabras de José Antonio Moreno, bardo y poeta, calman el ambiente y seducen los oídos de unas 250 personas con el relato de ‘Jack y las calabazas’, una de las historias más populares del folclor irlandés. En los rincones, se escuchan murmullos de los invitados sobre cómo hicieron o consiguieron los disfraces y cómo supieron de la fiesta. Al compás de las melodías del acordeón, el violín, la guitarra y los golpes del ‘bodhrán’ (una especie de pandero que se toca con una baqueta de dos cabezas), los aprendices celtas beben hidromiel (una bebida alcohólica fermentada a base de miel y agua, anterior a la cerveza y al vino) y bailan toda la noche. Pensamiento y magia celta ‘Filsoleil’ considera que el aporte que los druidas (sacerdotes depositarios del saber sagrado y profano) pueden hacer a los seres humanos es valioso: “No consideraban la tierra como propiedad del hombre ni a lo seres que la habitaban como inferiores, sino como seres que comparten la vida con uno, que tienen su sitio justo en el mundo y se valen por sí mismos”. Los celtas eran politeístas, cremaban a sus difuntos y realizaban rituales para ver el futuro, alabar a sus dioses y rendirle culto a la naturaleza.
María Piedad Consuegra, barranquillera de 48 años, comparte rituales célticos, como la adivinación rúnica, práctica que realiza desde 1995 en Bogotá: “Supe que las runas [caracteres que empleaban los antiguos escandinavos en la escritura] eran un oráculo antiguo que usaban los celtas hace 5.000 años, por un seminario que tomé, y seguí averiguando por mi cuenta”, afirma. Ella siente una gran atracción por las concepciones celtas acerca del respeto a la naturaleza y de la igualdad de géneros. Elabora talismanes rúnicos para sus familiares, amigos y personas en dificultades. Cuando tiene que enfrentarse a situaciones complejas, se pinta runas en el abdomen, los pies y las manos para recordar la fuerza que guarda en su interior. Ella se considera como un viti druida, una maga blanca: “Los sacerdotes celtas eran médicos y videntes. Así como yo, trabajaban con runas y flores. Yo pongo mi mano sobre una persona y se me vienen a la cabeza runas que me hablan de su proceso, siento qué pasa en su alma y en su cuerpo físico. No lo puedo explicar, es muy intuitivo”, dice. ‘Mapy’, como la llaman sus amigos, atiende a unas seis personas a diario para predecirles el futuro, curarlas y ayudarlas a identificar problemas por medio de las runas, la terapia floral, los cristales y otras técnicas de sanación, en su apartamento del barrio Cedritos. Su casa-consultorio es un templo rúnico, tapizado de símbolos y ambientado con música clásica. Su cálido refugio de mullidos sofás y paredes blancas está decorado con cristales de colores, plantas, cojines coloridos y hadas en miniatura que vigilan a los visitantes desde todas las esquinas.
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