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Inicio / Parque Natural Estoraques / Reportaje / La gringa y el ermitañoEl descenso se realiza por otra ruta, se siguen observando más estructuras rocosas que se van convirtiendo en laberintos. Uno de ellos conduce a la ‘La cueva de la gringa’, lugar donde una mujer estadounidense –hay otra teoría que dice que era francesa- llegó en los años setenta a estudiar las formaciones. Dice la leyenda que la investigadora vivió tres años en medio de las rocas explorando y clasificando lo que encontraba. Ella ubicó una tienda en una pequeña cueva y llevaba víveres cada vez que lo requería, allí sembró un árbol que en la actualidad supera los seis metros. Los estudios concluyentes de la académica reposan en una cabaña que hay en la zona baja de Los Estoraques.
Dicha investigadora no estaba del todo sola, en las montañas había un hombre ermitaño cuya identidad nunca se pudo establecer. Al parecer en algunos momentos se hizo amigo de la investigadora y junto a ella construyeron 45 escalones que mejoraron el paso en uno de los complicados descensos de la estructura rocosa. Las gradas las hicieron durante tres meses y fueron llamadas ‘Las gradas del ermitaño’ Otra zona que se convierte en una especie de lugar secreto se llama ‘La cueva del amor’, según el chiste del guía se le conoce así porque entran dos y salen tres. Este lugar se ha convertido en el refugio secreto de los enamorados, turistas o playeros, que se dejan contagiar por la pasión. Los más suspicaces hablan de que era el refugio de la gringa y el ermitaño que ponen en duda que 45 escalones se hayan hecho en 90 días sin haber hecho algo más.
Los Patatoque también aprovecharon la estructura de las rocas para sus rituales, un pasadizo conocido como ‘El paso de la virgen’ obligaba a que las mujeres atravesaran una hendija muy delgada, quienes no podían era la confirmación de que no eran vírgenes y este hecho no les permitía casarse. Para probar que eran castas intentaban durante diez días pasar el obstáculo. Con leyendas, risas, sudor y sed se va terminando el recorrido en Los Estoraques; Óscar Eduardo Arévalo Claro se despide, invita a comprar guarapo y a firmar el libro de visitantes que está lleno de firmas de muchos lugares de Colombia y el extranjero. El guía hace gestos de que su trabajo vale y tiene razón, su mano se llena de monedas y uno que otro billete; ahora tiene que rebobinar el casete y de nuevo utilizar su voz para enamorar a otro grupo de turistas de las piedras que aunque no brillan son preciosas.
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