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Inicio / Parque Natural Estoraques / Reportaje / Formaciones de la imaginación El tiempo ha moldeado algunas figuras que para los habitantes de la zona son 35, ellos llevan años observando las rocas y, por lo tanto, se han dejado llevar por la imaginación, al punto de buscar figuras que al simple ojo visitante no aparecen. Así nació la ardilla, la cara del gorila, el piel roja, la silla del rey, la antorcha, el camello, el nacimiento y el portarretrato, entre otros.
Óscar Arévalo Claro cuenta y precisa las historias que hay detrás de cada roca, cuando llega a una figura apunta con el debo a la formación y descifra las formas. Algunos turistas las encuentran de inmediato y otros a pesar de la concentración no logran el objetivo. “Mire la ardilla, mírela, se está comiendo un bellota”, dice exaltado un turista bumangués que siente que se ganó el baloto al encontrar la figura escondida. Leyendas rocosasEn tiempos ancestrales vivió en dicha zona una comunidad indígena conocida como Patatoque; cuenta la leyenda que estos hombres al momento de enfrentarse en duelo el perdedor se iba triste y sin honor a una gran pared llamada ‘El muro de los lamentos’ a reflexionar sobre su derrota, ese lugar se divisa desde uno de los puntos más altos de la montaña.
Los ascensos son complejos, la arena se riega sobre los caminos y las deslizadas están a la orden del día, muchos han caído ganándose un porrazo de dimensiones absolutas, pero los turistas en esta oportunidad tienen mejor equilibrio. Este ascenso permite llegar a un mirador adecuado para los visitantes cuya protección es prácticamente nula. Un kiosko corona la cima y la cerca de madera que limita la roca del abismo está siendo devorada por el gorgojo. “Esto es hermosísimo pero al mismo tiempo peligroso, el Gobierno debería invertir en un plan de recuperación del sitio, así se genera más turismo y por lo tanto más ingresos”, sostiene Roberto Sánchez Aguilar, un turista cucuteño que jamás se imaginó Los Estoraques. El viento sopla con fuerza en la cima, desde allí se analizan los elementos que corroboran la teoría de que esa zona fue una gran meseta; a lo lejos se ve el cementerio de La Playa de Belén, cuyas tumbas, en su mayoría, están marcadas con los apellidos Arévalo Claro, donde sus habitantes para realizar los entierros necesitan subir una montaña que se puede convertir en un vía crucis.
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