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Del sol a la oscuridad

Luego de casi 4 horas en medio del cañón el paseo continúa. En esta oportunidad el destino está en un municipio llamado Páramo, famoso por su paisaje y entorno natural, lleno de cascadas, ríos y cavernas, entre las que está la del Indio, la más famosa y visitada. Allí los guías dividen el grupo en dos.

Un mini cable vuelo con motor de moto los recibe, menos emotivo que el de Panachi, que conduce a la entrada de la Cueva, entre el cielo y el suelo hay uno 30 metros. Luego del aterrizaje cada uno toma su casco-linterna dejan sus temores en la entrada. Por mucho tiempo la oscuridad ha sido sinónimo de maldad, tristeza y miedo, acá en la cueva de Indio la oscuridad toma otro sentido, se vuelve reto, triunfo, confianza y compañía. Antes de ingresar los guía buscan reflexión, lo malo se queda afuera, lo bueno está por venir...

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Campanero de capilla en Barichara. /FOTO ANDRÉS JÁCOME

La primera operación es acostumbrar los ojos a la oscuridad, dejar sentir que las formas antes imperceptibles se sientan así sea levemente. Luego viene el camino, pisar fuerte, no resbalar y sentir otro mundo que no necesita ojos para ser visto. Grandes cámaras con estructuras naturales alucinantes llenan el escenario, ya las linternas están prendidas, al igual que el corazón que brinca de emoción.

“Ay juep... me mojé”, se escucha en el fondo con voz que mezcla la sorpresa y la risa, llegó el agua, protagonista de este paraíso que mezcla dos de los elementos de la naturaleza: agua y tierra. Allí ya la mayoría entiende que es hora de mojarse, esquivar el agua es imposible, acá los cuerpos se fusionan con ella.

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Pasos estrechos en Cueva del Indio. /FOTO SUMINISTRADA

El trayecto continúa, cada vez los recovecos se hacen más pequeños, sin embargo conectan con amplias salas, al mejor estilo de las mansiones de los excéntricos. Llega la hora del primer reto, una inmensa escalera de hierro pegada a las rocas facilitan el descenso de un pequeño abismo del que no se ve el fondo. Una complicación se suma, el río está crecido y un manantial cae sobre la cara de quienes van bajando.

Llega el temblor, unos por el miedo de la situación, otros por el frío del agua helada. Las rodillas se sacuden y a la mente llega la posibilidad de caer, ahí está el reto, sacar adelante la valentía y tener la certeza de coordinar todos los movimientos para descender de manera adecuada, aquí Santander se comienza a mostrar como es, el sitio perfecto para vencer los miedos y saltar de alegría.

Y es que el salto llega, para unos sin tanta alegría. El río está crecido y el vacío que tradicionalmente mide 5,40 mts. en esta oportunidad se reduce por la cantidad de agua. Los comentarios: “Eso está muy alto, yo no me boto, yo bajo por otro lado”, retumban en el eco que alberga los miles de murciélagos, sin embargo el salto es garantizado gracias a la osadía de algunos y el empujoncito de los guías. Al fondo del agua llega nuevamente la luz.

Ya acomodados en la comodidad Hotel Cuchicute (para unas cuchicuchi) de San Gil la emoción real comienza al siguiente día. Unas personas asumen el descanso luego de tan ardua jornada, otros siguen buscando las maravillas de la noche sangileña, sin embargo los que escogieron la última opción complican su madrugada siguiente.

 

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