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Un poco de sal Uno de los talleres más atractivos para los internos es el de cocina, coordinado por Édgar Torres Díaz quien no se hace llamar chef sino un buen cocinero. Al rancho, cómo se le llama a este segmento de la cárcel, llegan los internos mejor referenciados y con los mejores comportamientos de todo el penal todo porque por los cuatro meses que duran allí redimen dos meses de condena y reciben un salario mínimo cada cuatro semanas todo porque diez personas hacen 720 desayunos, almuerzos comidas y refrigerios y creo que lo hemos hecho bien.
“Es interesante porque la mayoría no tiene conocimiento de cocina, algunos lo que aprendieron en la casa o por la experiencia de vida. Toca adiestrarlos, enseñarles desde como se toma el cuchillo, a medir proporciones y hay una particularidad que cada quince días se deben cambiar de puesto con la idea de que cuando salgan pueden trabajar en cualquiera de estas áreas. Acá todos comemos lo mismo”, puntualiza el buen cocinero. Édgar no sólo cuenta los temas que le conciernen a su rancho. También comenta que su vida no ha sido color de rosa y que ha caído en el mundo de las drogas, esos hechos los escribió en un texto que fue enviado al periódico El Tiempo y con el que fue finalista de La Historia Jamás Contada que buscaba relatos de Bogotá. Paredes venecianas
Cada taller acumula alrededor de 120 horas que se distribuyen a lo largo de un mes, hecho que le permite a 25 talleristas capacitarse en este oficio que se está imponiendo en el ámbito de la decoración y que consiste en la manipulación de pinturas brillantes con ciertas texturas que manejan unos 6.500 colores. “Hemos tenido mucha acogida, incluso ha habido alumnos de otros talleres que han querido pasarse a este pero no podemos hacerlo de esa manera. Ya tendrán la oportunidad. Algunos ya tienen experiencia en esto pero acá complementan sus conocimientos para mejorar, eso es lo que hacen entidades como el Sena”, explica Jaime Ávila quien tiene más de 15 años de experiencia enseñando estas técnicas. Este programa está integrado por conceptos de decoración, teoría del color, práctica con vinilos, también se enseñan tipos de técnicas, presupuestos, cálculos y rendimiento del producto y usos de otros productos. También se trabaja en el uso de los residuos y el especial énfasis en las técnicas más comerciales como estuco liso, traslucido, espatulados, imitación madera, barrocos o envejecidos, entre otros. Pero antes del concepto artístico Jaime Ávila recalca a sus alumnos hacer el trabajo con ética y honestidad y cree que, por lo menos, está sembrando una semilla. “Acá hay de todos los pabellones y se procura el trabajo en grupo, hay libertad, cada uno dice lo que quiere sin problema. Nuestro taller no sólo busca sacar técnicos o enseñar este arte, pretende que lo aprecien, que tengan ética, que cumplan con contratos, que cobren un precio justo y que encuentren una nueva alternativa para que se busque otras alternativas para su vida”. |
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