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Viaje al centro de la tierra

Segundos, para muchos eternos, dura el paso elevado. En la entrada otro guía recibe al visitante y le quita el arnés, ajusta el casco, aprieta las correas del chaleco y emprende la marcha. Poco a poco la amplia entrada se va cerrando y con ella se reduce la luz. “Esta es una de las pocas cuevas que tiene una entrada y una salida diferente, la mayoría tienen un acceso y por allí mismo se sale, Esto hace especial la cueva del Indio y, sobre todo, el salto final”, dice el guía quien la recorre desde niño.

Llega un momento de reflexión planeado como acto de contrición. En una de las amplias cámaras, un techo plagado de murciélagos y un olor a guano -desechos fecales de los inspiradores de Bruno Díaz- el guía pide que se apaguen las linternas. “Quiero que aprovechemos este momento para reflexionar y pensar que temor quieren vencer. ¿Quieren decir algo?”, el grupo prefiere el silencio.

La marcha se retoma y la cámara cambia de tamaño, unos pasos se dan agachados y otros con comodidad. Se indica el cuidado para con la cabeza, un golpe puede dejar un dolor, a pesar del casco, o destruir cientos de años de formación geológica. Explican que las estalactitas son como lágrimas de la cueva que están en el techo y que forma el agua, la tierra y la paciencia del tiempo. Las estalagmitas son lo mismo pero en el suelo.

Se atraviesan pequeñas lagunas, se suben piedras y con la luz de las linternas se aprecian insectos dignos de una película de Indiana Jones. En general el recorrido es tranquilo porque las cámaras por las que se pasa son amplias, igual el cuidado y la precaución debe ser permanente, un paso en falso puede significar una resbalada y su posterior golpe. “Estas cuevas no son una autopista, se debe caminar muy despacio y a ritmo del último”, advierte el guía no sin antes escucharse el “ay” o “uy” en señal de golpe.

Viene la parte menos preferida para quienes tienen ciertos síntomas del claustrofobia, un recoveco de unos cinco metros en los que escasamente cabe el cuerpo. Allí en paso metralla, al mejor estilo de un francotirador, se llega al otro lado. Este sitio de la aventura es el lugar de la foto, la escenografía natural hace una ambientación perfecta para demostrar de que se vivieron unas vacaciones diferentes.

Allí se encuentra el reto final, unos metros más y una escalera de varillas aparece incrustada en una pared de unos diez metros que toca bajar con todo cuidado. Un poco de angustia acompaña el momento ya que la luz de la linterna no alcanza a alumbrar el fondo. Los escalones poco a poco se terminan, se escuchan las voces y el eco.

Llegó la prueba de fuego. 5,40 metros de altura tiene el salto que señala el fin de la aventura, en una plataforma metálica se decide a dar el salto final para caer en un pozo con suficiente profundidad, los chalecos son para salir a flote lo más rápido posible y en una orilla del pozo se encuentra un guía y en la plataforma el otro.

Los indecisos tienen la posibilidad de bajar por unas escaleras laterales, los que quieren pero les cuesta atreverse cuentan con la opción de que el guía les dé un empujoncito para zambullirse, los más miedosos pueden contar con la posibilidad de que el guía se tire con ellos y los gomosos pueden lanzarse las veces que quieran.

Se atraviesa el pozo nadando o sujetado a una cuerda guía amarrada al techo de la cueva, poco a poco la luz de la salida indica que el recorrido termina. La conclusión es unánime: “quiero regresar”.



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