La fiesta de la literaturaCartagena volvió a ser protagonista. Sus murallas, sus calles y sus plazas se llenaron de la presencia inquietante de más de 30 autores en el Hay Festival, evento en el que lo escrito trascendió las páginas y el calor cartagenero. Las colas en las afueras del Teatro Pedro de Heredia parecían de concierto, la gente acosaba y hasta la reventa de tiquetes hacía parte de la fiesta que estaba por comenzar. Esa fue la constante durante los tres días del Hay Festival de Cartagena, en el cual 30 autores en 20 sesiones compartieron con quienes hacen a los escritores: los lectores.
“El agua, la gasiosa, el rafpao (sic)”, decían los vendedores ambulantes a las afueras del auditorio que hacían presencia como en un concierto de Juanes, una corrida de toros o un partido de Real Cartagena. La clientela fue tal que en todas las charlas el lleno fue absoluto y ese temor fue el primero en vencer a los organizadores. “Creíamos que iba a ser difícil que la gente participara de manera masiva en los conversatorios, pero lo mejor fue precisamente eso, la asistencia de mucho público y el interés presentado para con los escritores”, sostuvo Jaime Abello Banfi, director de la Fundación para un Nuevo Periodismo e integrante del comité asesor del Hay Festival. Escritores más que francosEl hielo fue roto por el antioqueño Jorge Franco. Su conversación con Gustavo Tatis trató de mostrar al autor con sus miedos, sus aciertos y sus procesos para crear sus obras y personajes. Sin duda Rosario Tijeras estuvo junto a Franco, en su descripción aparecía plena y caminado sola. “Rosario ya está sola por el mundo, inclusive hay gente en el cementerio central de Medellín que muestra una tumba de alguien que supuestamente fue Rosario y eso sorprende y hasta asusta, sobre todo que fue creada para contar una historia”, decía Franco con franqueza. Acto seguido se organizaba de nuevo otro panel. En este apareció uno de los personajes que se robó los afectos y los aplausos, era el español Enrique Vila-Matas, quien camufló su temor con humor, y le contó a la periodista mexicana Alma Guillermoprieto, ¿para qué se escribe? También se escucharon las opiniones del colombiano William Ospina y la venezolana Victoria de Stéfano.
Todos los autores resolvieron la pregunta con el formato qué habla del placer de escribir, de lo que representa sentarse frente a un computador o una máquina para botar todo lo que ellos encierran, lo que quieren comunicar o las historias que quieren contar. “Es un placer desahogarse”, concluyen. Horas más tarde esa teoría fue rebatida por el inglés Hanif Kureishi, él, de ascendencia pakistaní, describió el ejercicio de escribir como un acto similar a una tortura. Se reprocha todo el tiempo que ha ‘perdido’ frente a una pantalla o con un libro en la mano y reclama lo difícil que es hacer algo que todos califican como un acto noble. Marianne Ponsford, su interlocutora, indagaba sobre el gusto del autor por las drogas psicoactivas, por los Rolling Stones, sus guiones de cine y hasta la pornografía. Kureishi parecía una caja de pandora, al menor descuido salía un demonio que no se atrevió a sacar cuando habló del periodismo, todo por no entrar en conflicto con García Márquez. “He is the boss”, dijo el autor para congraciarse con el público que no paró de aplaudir. Entre charla y charla había descanso. Suficiente tiempo para ir por un café a la repleta cafetería del Pedro de Heredia, otra opción era salir del escenario y buscar bebidas heladas. “El agua, la gasiosa, el rafpao (sic)”, comentaban los vendedores y hasta las arepas de queso hicieron su aparición, buen descanso entre las charlas.
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