Milcíades Arévalo
Un combatiente de los escritos
Milcíades es un escritor de la vida, de los que se meten en el meollo del asunto, de los que huelen para hablar de los olores y de los que viven para narrar los hechos. Sus historias tienen tonos eróticos y su escenario es su natal Zipaquirá, a la que le dice en sus escritos Las Cruces. Milcíades Arévalo ha estado en ‘Puesto de combate’ los últimos 30 años, una revista que tiene 65 números y que todavía no sabe como la imprime porque no tiene plata y nunca la ha tenido. Quiere dejar de producirla, pero para eso lo que más desea es llegar a la edición 69, un número bonito, para Arévalo, el mejor.
Este escrito no es formado en la universidad, su manera de aprender la determinó la lectura de sus libros de los que son su mayor tesoro, aunque los sigue prestando y por tanto los sigue perdiendo. Cuenta que de joven, de 20 años, recorría una los estantes de una librería en Bogotá y de repente vio ‘Una temporada en el infierno’ de Arthur Rimbaud.
“Ese título me enamoró y yo no tenía un solo peso en el bolsillo. Me acordé que en el Hospital San José de Bogotá pagaban 50 pesos por donar sangre; me fui para allá, doné la sangre y me dieron una Pony malta, un huevo y los $50. De inmediato me devolví a la librería y conseguí un libro que me metió en este mundo”, explica Arévalo, que además fue marinero, trabajó en un banco y fue publicista.
Su obsesión es escribir bien y creer absolutamente en todas las personas que esperan una oportunidad. “Puesto de Combate nació para que todas los que no tuvieran donde publicar encontraran un espacio. Es un medio pluralista y yo reviso todo lo que me llega porque creo en los escritores colombianos, si no fuera así no saldría la revista, porque la hago con todo el amor que me inspiran las historias y los escritos que me llegan, sean buenos o malos”.
La casa de Milcíades queda en La Candelaria en Bogotá. Es sencilla y abierta, como su vida, para todos sus amigos que incesantemente lo buscan. “Yo no tengo nada, si no mi casa, libros y una bicicleta. Y así vienen escritores a buscarme porque les rechazan sus obras o porque no tienen plata para publicar, yo les digo que no se preocupen, que tengo la revista para que todos publiquen... eso es lo que quiero. Que no se afanen por la plata que de eso hay en toda parte”.
Motivar a la gente para que lea y, sobre todo, para que escriba es la misión que Milcíades se propuso. No busca más. “Todos los escritores somos humanos, de carne y hueso, y a los que se les sube el ego pierden su esencia. Yo me he dado trompadas con Germán Espinosa (autor de ‘La tejedora de coronas’) porque él cree que todo el mundo habla mal de él. Salíamos de El Espectador y la mujer le dijo: él estaba hablando mal de ti... pégale, pégale. Y Espinosa me fue a pegar y no me dejé. Yo ni siquiera supe porque”, expone el autor que también recibió un puño del poeta cartagenero Raúl Gómez Jattin.
El erotismo lo descubrió con Arthur Miller y se dijo que así quería escribir y lo ha intentado toda la vida. ‘Cenizas en la ducha’, ‘Inventario de invierno (cuentos para jóvenes)’y ‘El oficio de la adoración’ tienen tintes sensuales y sexuales porque le obsesionan las mujeres bonitas, y son ellas las que, según él, prefieren sus escritos... por eso es que quiere acabar la revista cuando llegue a la edición ‘69’.
Más que sangre en las venas de Milcíades le corre poesía, porque ese fue su refugio para vencer la pobreza vivida. Dice que más que escritor es un librero, no un comerciante de libro si no un conocedor de los mismos y que por eso en su vida entre más canas le salen más ganas le dan de seguir viviendo y seguir soñando, desde su puesto de combate.
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