Santiago Gamboa y Mario Mendoza,
Dos escritores del realismo ‘duro’
Santiago Gamboa
Uno escribió ‘Satanás’ y el otro ‘Perder es cuestión de método’ que pronto estarán en las pantallas de cine. Uno es columnista de El Tiempo y el otro de la revista Cambio. Mario Mendoza vive encerrado en Bogotá y Santiago Gamboa recorre el mundo que utiliza de inspiración. Ambos tienen barba y son amigos desde hace 20 años.
Este par de escritores bogotanos son los que ahora comparten el honor, orgullo o peso de ser la nueva generación de la literatura colombiana junto a reconocidos como Héctor Abad Faciolince, Jorge Franco y Enrique Serrano, y serán los encargados de ser los referentes de la literatura nacional que está cambiando el escenario de Macondo para poner en sus obras una más cruda y descarnada realidad que abunda en las ciudades colombianas.
Los autores dicen que antes de cualquier movimiento ellos pertenecen a una nueva generación de escritores. “Toda la vida ha sido una corriente ininterrumpida de grandes autores que han dejado obras maravillosas. Los chilenos Luis Sepúlveda y Roberto Bolaños; los argentinos César Aira y Ricardo Piglia; en fin, muchas generaciones de exitosos latinoamericanos anteriores a nosotros que son posteriores al famoso ‘boom’ de Vargas Llosa o García Márquez”, afirma Mario Mendoza, quien ganó el premio de Biblioteca Breve de Seix Barral en 2002 por su obra ‘Satanás’.
Mario Mendoza
Ambos enfocan sus escritos al concreto, al humo y a la violencia de las ciudades. Y ese es el punto en el que reconocen que han influido en la literatura colombiana. “El país ha cambiado en los últimos 35 años de manera escandalosa, la migración a las grandes ciudades ha producido monstruos urbanos que desencadenan problemas como los cinturones de miseria, gente que llega y no encuentra nada... el caos, es realidad dura. Todo es diferente y en la época de García Márquez no existía nada de eso y ahora lo tratamos de escribir nosotros”, explica Santiago Gamboa, quien ha ejercido como periodista publicando para El Tiempo y para el diario La República de Italia.
‘Los impostores’ una de las obras de Gamboa en la que no habla directamente de los colombianos pero que le da pie para afirmar que en el país “siempre ha habido un juego de humillaciones muy duro y por eso los problemas. El narcotráfico es tan agresivo porque responde a un sentimiento de humillación que durante décadas la aristocracia ejerció sobre las clases bajas y la respuesta de los ricos tradicionales ante ese problema, sumando a la guerrilla, son los paramilitares la ‘cura’ para una violencia que ellos mismos generaron”.
Del lado periodístico que cumplen con sus columnas de opinión piensan mucho en lo que le pasa a Colombia, coinciden en afirmar que en este país la corrupción es absolutamente peligrosa y que la mayoría de los funcionarios públicos no tienen una vocación de servicio si no búsqueda de beneficio propio que termina en abuso de poder en contra de las personas que más lo necesitan. “Se creía que con un gobierno fuerte la corrupción se disminuiría pero, por lo visto, todo va a seguir igual, inclusive peor”, explica Mendoza que escribe una columna cada 15 días en el periódico El Tiempo.
Pero lo que más revuelca la mente de estos creadores es que en Colombia nunca se ha sabido lo que ha pasado de verdad, no se conoce la historia. Que no se sepa quienes ha negociado por debajo de la mesa con intereses ocultos, quienes han sido los verdaderos genocidas, asesinos. “¿Quién mató a Pardo Leal, Jaramillo Ossa, Luis Carlos Galán, Gaitán. Manuel Cepeda Vargas... a Jaime Garzón?... una lista interminable de injusticias que causan dolor y que lo más probable es que los culpables estén vivos y que los veamos en televisión, en cargos públicos, etcétera. Es difícil salir de una crisis cuando no sabemos que ha pasado. Cuando esto se sepa se harán los duelos, se decretarán las políticas de penas o perdón... sólo cuando se sepa”, puntualiza Mendoza.
“Lo que está pasando ahora es mejor de lo que pasó hace cuatro años, porque, aunque no esté de acuerdo, tengo que reconocer que la gente está viviendo lo que le pidió a Uribe. El colombiano siempre ha sido conservador, católico, medio violento, que se va las armas por necesidad y todo eso representa Uribe. Se hizo una especie de pacto en el que a cambio de un poco de seguridad la gente cerrara los ojos ante las demás situaciones y por eso siguen las masacres y las desigualdades”, argumenta Gamboa.
La amistad de estos dos escritores supera los 20 años, estudiaron juntos y desde siempre han compartido alegrías, tristezas y momentos duros. La admiración del trabajo del uno por el otro sobrepasa la crítica literaria al punto que Santiago Gamboa bromea diciendo que si su amigo no escribía ‘Satanas’ era el propia Mendoza el que se convertía en otro Campo Elías Delgado, protagonista de su macabra historia.
El mundo de la prensa
Gamboa reflexiona sobre el periodismo colombiano habiendo ejercido el oficio en Europa, en donde vive hace más de 20 años, destacando a la radio como lo más sobresaliente por su inmediatez y calidad por que los propios protagonistas están siempre en el momento oportuno. “El periodismo en televisión no es bueno por la frivolidad de la información. No les importa informar bien la situación que se vive en el ámbito internacional porque así lo deciden los directores. La prensa escrita está muy mal escrita, hay errores en cosas elementales como no meter opiniones en las noticias... eso son errores imperdonable”, explica quien fuera corresponsal de Radio Francia Internacional y quien agrega que la prensa colombiana ha bajado la guardia en la calidad de la información, que en muchos casos la información publicada es para sostener un aparato publicitario que afecta a los lectores.
Un poco de ‘Satanas’
El 6 de diciembre de 1986 Campo Elías Delgado mató a 26 personas en el que fue un día trágico para la historia bogotana. Ese mismo asesino había estudiado con Mario Mendoza los últimos semestres de Literatura en la Universidad Javeriana de Bogotá, compartiendo el material bibliográfico para realizar la tesis.
El autor veía a Campo Elías como alguien callado, solitario, introspectivo y paranoico. “Se sentaba en los bares sin darle nunca la espalda a nadie y mirando siempre la puerta. En los buses se ubicaba en la última fila y vivía lleno de manías. Era brillante, leía en francés, inglés, se traducía el mismo. Es la prueba que el conocimiento no va de la mano a la ética y no nos vuelve buenas personas, al contrario, puede ser lo peor para algunas personas”, afirma Mario Mendoza.
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