En el fondo de la mancha blanca que deja la niebla se ven algunos colores, son los tonos de las carpas que indican que ya estamos llegando. Juvenal, el guía, el de los cuatro pulmones, llegó antes y separó un buen lugar para armar nuestra casa, nos acercamos y nos sorprendemos, esa caminata de seis horas desemboca en la Laguna La Plaza, un cúmulo de agua cristalina rodeada de glaciares; más alegría, menos reproches, estamos empapados, pero felices.

La Laguna de la Plaza es uno de los depósitos de agua ubicados a mayor altura en Colombia, está a los 4.000 metros sobre el nivel del mar.

Hay algo en toda la historia que no se ha narrado. Es la complicación que genera ‘ir al baño’ en la alta montaña. Justo al llegar, en medio de la lluvia, con ese frío tan bárbaro, tocó buscar el papel y salir corriendo, cuando el cuerpo apremia no hay yoga, ni control mental que pueda contener lo inevitable... no se imaginan lo duro que es bajarse los pantalones a las cuatro de la tarde, con un viento helado, 4.000 metros más cerca de las estrellas. Después vuelve la calma.

Cambio absoluto de ropa, todo está empapado y afortunadamente contábamos con un plan B. Esa noche hubo chocolate, salchichas fritas, tostadas y queso, un absoluto manjar para descansar y, porque no, jugar cartas bajo la luz de las linternas. Ya estamos tan integrados con nuestros amigos de Bogotá que algunos y algunas jugaron la partida.

Es hora de dormir porque había que madrugar. El amanecer desde un mirador natural era el propósito. La hora ideal sería las 5:40 de la madrugada... pero nos pasamos, nos levantamos casi a las seis y nos podíamos perder el amanecer llanero, Juvenal emprendió el camino y nosotros detrás, gritamos para que los demás se levantaran y corrimos mucho, bueno, no mucho, a los diez metros estábamos sin aire.

Hicimos otro esfuerzo, logramos subir las piedras y nos encontramos como en el aire. Era un balcón sin baranda con un vacío de más de 500 metros, era donde termina o inicia el paraíso. En frente, un inmenso colchón de nubes blanco, conmovedor. Hacía el frente se veía el sol a pedacitos, mezclado con los copos en los que se fragmentaba el naranja... era miedo mezclado con admiración, la sola aproximación causaba pánico escénico. Al arrastrarse se llegaba al orillo y de ahí al infinito. Muchas fotos.

Este es el mirador al llano, un lugar desde donde se aprecia los límites del Cocuy con los departamentos de Casanare y Arauca.

Eran las 8 de la mañana y nos regresamos a La Plaza, ya estaba claro y podíamos admirarla. Veíamos las puntas blancas de los glaciares que la rodean, desayunamos y desmontamos el campamento. Era hora de regresar.

Solicitamos el servicio de mulas porque veíamos el regreso más complicado, el servicio llegó, pero incompleto. Faltaban tres asnos y ya eran las 12 del día, la rabia se siente porque sabíamos que iba a ser más que duro, el periodista demorado asegura su jumento. Dos bogotanos y un bumangués salen muy tarde en una caminata que se calculaba en ocho horas. Tememos el clima, el viento, la brisa, el paso de Cusirí. Tomamos las cosas con calma y decidimos marcar buen ritmo, descansamos cuando lo necesitamos… hablamos, nos hicimos amigos.

Esta vez Cusirí no nos acabó, esta vez avanzamos más rápido de lo que nos imaginamos, la montaña nos había enseñado a conocerla y a tratarla. Esta vez no vinieron las preguntas relacionadas con el karma, el castigo y tampoco añoramos a las mamás. Caminamos mucho a buen ritmo. Vamos más que bien, pero nos coge la noche y no tenemos linterna.

Para llegar a Guaicaní tenemos que pasar ese primer desvío de 40° inclinación, pero ahora de regreso y destruido por una implacable lluvia que acababa de caer y sin linterna, repito. La impaciencia parece que quiere acabar con nosotros y tiene argumentos. Gran cantidad de lodo hunde los pasos del camino que creemos correcto. Nos caemos, nos pegamos, falta menos de 20 minutos para llegar y son los peores. Se siente rabia, frustración, falta poco y sentimos que nos perdemos.

Un pito camuflado en un morral sirve en medio de la noche. Pitamos y nos escuchan, se ven las linternas que se acercan, unos queremos caminar y otros quedarse inmóviles. Es el último desespero porque nos encuentran.

Al llegar sólo queremos limpiarnos el lodo que llega a la cintura, limpiarnos, realizar algo que no hacemos en los últimos seis días: bañarnos. Los de la cabaña recomiendan que es muy tarde para hacerlo y tienen razón, es mucho el frío y no podemos dar papaya para enfermarnos… nos cambiamos y estamos a salvo, hay comida caliente y un colchón que nos espera. Es la última noche.

Dicen los que conocen la montaña que en ella se gana paz, se está cerca al paraíso y uno se renueva… dicen que en la montaña la gente se ayuda, se colabora porque todos son iguales. Dicen que en la montaña se ganan amigos para siempre, y así lo creemos.

De regreso el cansancio apremia, llega de nuevo el bus del ‘correo’ con sus olores y el polvo, el transbordo en Soatá y la comida en Duitama, esta vez no es changua virgen. Buscamos tiquetes para Bucaramanga, la espera es un poco larga pero por fin nos embarcamos. Dicen que la montaña hace que cada uno luche consigo mismo, que se esfuerce y que alcance las metas, que para los ojos de muchos son pocas, como conocer la nieve, ver crecer frailejones, soportar el frío, creer que se llega al principio o el fin del paraíso y hasta sentir que se va a morir y a los pocos minutos se renace. Todo eso es la Sierra Nevada de El Cocuy.