Descubriendo La Plaza
Amanece el quinto día. Desayunamos y tumbamos el campamento para iniciar una nueva travesía, algunos de los nuevos amigos les da por bañarse con el riachuelo del agua que genera una amputación imaginaria. Por supuesto, nosotros somos de la teoría que el mugre abriga y parece ser así ya que en las noches en la Plazuela nunca nos golpeó tan fuerte el frío.
Llegan de nuevo los burros. Se cargan con nuestro equipo e iniciamos la marcha. Esta caminata tiene como fin llegar a la Laguna de La Plaza donde pasaríamos la última noche. Se calculaban unas seis horas de ruta en las que debíamos ir de nuevo preparados con bocadillos, lecheritas, agua y algo para almorzar.
Esta vez el camino demandaba regresarse a la ‘Casa de los elenos’ y de allí seguir el recorrido de manera recta. Pasamos por la Laguna de la Pintada y la vimos desde otro ángulo, sus manchas la hacían única. Por el hecho de haber subido al púlpito y por aquel dolorcillo de pierna que hace pensar que la masa muscular se ha incrementado nosotros creímos que lo más difícil lo habíamos hecho... era un imaginario.

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Conocimos a La Atravesada, La Cuadrada y La Parada, que no eran precisamente hermanas sino lagunas, que hacen parte del impactante paisaje que hay camino donde está la mamá de todas las lagunas del sector, La Plaza. Hubo más fotos, risas y una que otra paradita natural para los caminantes en potencia, el paso por el filo de la montaña se convierte en la mejor opción panorámica ya que tenemos a cada lado espectáculos naturales como Lagunillas, lugar conformado por decenas de charquitos que parecen sacados de un cuadro surrealista.

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Todo iba perfecto... hasta que conocimos el Paso de Cusirí, una montaña increíblemente empinada que parece que tuviera como objetivo impedir que la gente que se había entregado en pleno a los placeres decembrinos (comida y licor), como nosotros, profanaran la pureza y virginidad de estas tierras.
En ese tramo hasta los burros sufren... se avanza muy poco porque el esfuerzo es inmenso, los paisajes importan un carajo y lo único que se quiere es llegar. Pega un sol radiante en la espalda y se piensan cientos de cosas como: de quien fue la idea de pasear por las montañas en lugar de estar en la playa o ¿por qué no alquilé una mula para que me llevara?, hasta se extraña la cama, la familia, la mamá, los amigos... ¿es un karma?, ¿qué hice?
La montaña paso a paso se hace más dura y se ve que falta poco, sólo otra subidita... los que vienen saludan y anuncian que estamos cerca, llevan escarcha en la cara y en las chaquetas, como si les hubiera caído nieve. Un último esfuerzo, llegamos a los 4.400 metros de Cusirí, ahh…berraco que nos hizo sufrir... otra foto al lado de la placa, y ojalá se note la inscripción que indica: “4.400 metros”.
Empieza el descenso, el interminable descenso de la misma montaña, más de treinta minutos indican que el regreso puede ser fatal. La bajada está bien señalizada para impedir que se repita lo de enero de 2004, cuando una pareja se equivocó de camino y terminó dos semanas después en territorio llanero. Hay una particularidad en este lugar, el sol que estaba al otro costado de la montaña se convirtió en neblina y escarcha... poco a poco vimos como se empañaban las gafas, para los que tenían, y como se humedecía el pasamontañas, los guantes y la chaqueta.

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Pasamos por un valle de una vegetación asombrosa, flores amarillas y blancas se incrustan en medio de los frailejones que también los hay blancos. Hay pequeñas lagunitas con cojines verdes... un absoluto paraíso. En el fondo se pueden observar frailejones de miles de años, de tamaños inusuales, podrían sobrepasar los seis metros.
Las subidas no paran de aparecer, pero ahora le sumamos la lluvia, el fuerte viento y la neblina. Las condiciones climáticas son difíciles. Falta sólo un pequeño tramo para llegar a Patio de Bolos (o Bolas) pero aparecen unas fuertes subidas en lo que parece el fin de una montaña, no hay rocas grandes, solo una cantidad de piedritas rojas que hacen que el pie se resbale. Es un momento crítico, de nuevo uno se aferra a uno mismo, a calmar el desespero con pasos largos a tratar de llegar. De nuevo toca esperar al periodista, al igual que en todo el recorrido, pero a su paso sube.
Patio Bolas es otro jardín repleto de frailejones, pero no contamos con suerte, la niebla y la lluvia evita que se pueda apreciar con tranquilidad y admiración. Comemos bocadillo y seguimos porque el cansancio es mucho y el deseo por algo caliente nos motiva. Estamos a unos cinco grados.
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