La 'aventura' comienza
Había que madrugar y por ello en la noche anterior la acostada había sido temprano. El frío se siente a pesar de estar bajo techo, en una cabaña de madera cómoda con un colchón de algodón y atrapado en un sleeping. Una recomendación clave es la de aprovechar la presencia de un inodoro limpio ya que en los siguientes días este elemento tan necesario en la vida cotidiana brillará por su ausencia.
La levantada fue algo particular, uno de los periodistas tiene síntomas de gripa y para asegurar que se apodere completamente de él decide utilizar sleeping, cobijas y abrigos en cantidades desproporcionadas. Está amaneciendo y en medio del sueño sintió que se ahogaba y se moría de la fiebre... se pone de pie y en extraño delirio nos pide disculpas porque, según él, está en muy malas condiciones, debe regresar y no nos quiere dañar el viaje. Minutos más tarde todos estamos a carcajadas porque no resultó más que un ataque de ansiedad, la ‘fiebre’ era producto del desproporcionado abrigo.
“El desayuno está servido” –nos anuncian- alistamos el morral, lavada incipiente de cara y listos para emprender la primera caminata. Caldo con papa, huevo y chocolate es la última vitamina para emprender la ruta. Cuatro morrales de acampar son acomodados en dos mulas acostumbradas a los trajines de todos los diciembres, eneros y febreros, épocas precisas para descubrir El Cocuy.
Un arriero va adelante con el par de jumentos y le solicitamos que no acelere su marcha ya que nuestra experiencia montañera se limita a paseos en chiva. Un desvío que tiene, aproximadamente, 40 grados de inclinación nos inaugura y de inmediato el acelere del corazón se hace efectivo. Estamos a 3.600 metros, la misma altura de la cual se quejan los futbolistas de la Selección Colombia cada vez que van a jugar a La Paz, Bolivia.
Pero nosotros no estamos en un partido, estamos de vacaciones y eso implica que no vamos a exigirnos más de lo que podemos dar y andaremos al paso del último, ante todo queremos disfrutar. Es nuestro lema.
Efectivamente el paso de los burros era inalcanzable, poco a poco avanzamos por un camino que aunque tenía un poco de ascenso compensaba con cortas bajaditas. Llegamos a un punto en el que oficialmente se ingresa al parque y un mapa a escala pintado en madera ilustra las 306.000 hectáreas declaradas Parque Nacional y de las que hacen parte territorios de Casanare, Arauca y Boyacá. Una vez más el Ejército de permanente presencia en el recorrido solicita nombres y número de cédula.
Un riachuelo absolutamente cristalino nos abastece de agua. La cultura popular habla del permanente consumo de bocadillo, lecheritas y cosas dulces para nunca perder la fuerza en la altura y efectivamente hacemos caso de las tradicionales recomendaciones. El agua es más que necesaria y es especial sentir una pureza a tal grado, su sabor es diferente a las embotelladas. Un absoluto y refrescante placer.
Pasamos por la famosa cabaña de los Herrera, tan famosa que hasta sale en los mapas. Más adelante se encuentra otra notable construcción: La casa de los ‘elenos’, una vivienda en ruinas frente a la laguna La Pintada, que según cuentan, fue tomada por el Ejército de Liberación Nacional (ELN) cuando su presencia era permanente por esta región. Luego cuando se retiró a este grupo guerrillero un vistoso graffiti en rojo que decía ELN en una pared, terminó por bautizarla. Ahora es un refugio para campistas que la ven como buena opción para hacer sus necesidades físicas, en otras palabras, se convirtió en un “cagadero”.
Después de tres horas de caminata –un arriero lo haría en una- se llega a los 4.000 metros. Lavados en sudor y con la chaqueta en la cintura, nuestro físico queda absolutamente golpeado después de la última subida en la que nos encontramos a Juvenal Laverde, nuestro guía, con mirada de pocos amigos porque debimos haber llegado a las 9 y no a las 11 de la mañana. Se suponía que de inmediato partiríamos al púlpito El Diablo y al Cerro de Pan de Azúcar, hecho que nunca se concretó, reconocemos que somos exageradamente flojos.

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