Frailejones

El camino que conduce de las cabañas al Púlpito está rodeado de manantiales y frailejones.

Sierra Nevada de El Cocuy, una travesía para la vida

Crónica de viaje en uno de los lugares más hermosos de Colombia. Nieve, lagunas, frailejones, caminatas, amigos, bocadillos, obstáculos y recompensas son parte fundamental de este relato.

La historia para conocer la nieve no es tan fácil como se ve en las películas. La historia para conocer la nieve en El Cocuy tiene un grado de complejidad mayor al de coger el bus. La historia inicia en el Terminal de Transporte de Bucaramanga un lunes nocturno de enero, un bus con ruta a Duitama indica que la misión de tres periodistas y un estudiante de Ecología de pasar unos días alejados de Internet, celulares, televisión y noticias está por comenzar.

Coche baño, coche cama reza la promoción de la empresa transportadora que promete dejar a un grupo de citadinos en la segunda ciudad boyacense famosa por ser “la capital cívica el mundo”. Son las tres de la mañana y el grupo de ‘calentanos’ empieza a acercarse al frío boyacense que no sobrepasa los 10 grados.

“Tinto, aromática”, ofrecen por los pasillos del anticuado terminal, que se quedó chiquito para la afluencia de turistas de la temporada. “Buscamos pasajes para El Cocuy, una ruta que sale directa”, preguntamos... “Toca que espere hasta las 6 de la mañana, que abren los de La Gacela, que son los que salen hoy. Acá las empresas nos turnamos el viaje a El Cocuy”, sostiene una abrigada funcionaria de Libertadores, la otra empresa transportadora.

El amanecer se acerca y la necesidad de tomar algo caliente apremia. Después de una fugaz visita por el baño de $500, La Alambra, un restaurante que abrió a las 6 a.m., nos recibió entre changua virgen (agua con sal, cebolla y cilantro), tamal y sopa de cayo.

La oficina que supuestamente abría a primera hora continuaba cerrada y daba tiempo para ‘pegarle’ a la changua porque el resto era difícil que nuestro sistema digestivo lo asumiera. Y nos dieron las 7, las 8, las 9... y la Gacela abrió, nos dijo que no habían pasajes e invocamos el plan B: busetica hasta Soatá y luego un bus denominado ‘el correo’ que saldría desde el terminal de Soatá (el parque) a las 11:30 a.m. El tiempo es el justo. Momento para disfrutar de los paisajes y de las carreteras de Boyacá, gran parte de la vía se encuentra pavimentada y por lo tanto el trayecto se presta para una cómoda siesta.

El arribo a Soatá fue justo para el reembarque. La comodidad de la buseta se traslada al llamado ‘correo’ que, efectivamente, era el transporte de las encomiendas y de todos los que se trasladan a los seis pueblos, y sus veredas, que se encuentran a más de cuatro horas de camino.

Vista

Desde los filos de las montañas se observa la imponencia de los glaciales y picos nevados.

Son las 12 de día y el sol está en todo su esplendor. En esa vía no han llegado los recursos públicos para hacer de ella una autopista, por lo tanto el polvero es absoluto y los morrales cambian de color de una manera efectiva... quedan amarillos.

El clima al pasar por La Uvita, San Mateo, Guacamayas, El Espino y Panqueva es variable. En unos pueblos el frío ‘pega’ duro y en otros toca quitarse los abrigos. Algo constante en todo el trayecto son los permanentes retenes y requisas por parte del Ejército. En Guacamayas un joven de casi 20 años no tenía libreta militar y de inmediato quedó en el registro de los nuevos incorporados de las fuerzas armadas colombianas.

El arribo

Por fin y después de una inmensidad de paisajes espectaculares se llega al municipio de El Cocuy, que según las proyecciones del Dane no supera los 7 mil habitantes. El color blanco de las paredes de casi todas las casas del pueblo, sumado al verde claro de las puertas y ventanas tuvieron que ver en la selección de esta población como la más bella de Boyacá, hecho que enorgullece a los cocuyences, que no se cansan de decir que su pueblo es el más bello del departamento que tiene los municipios más bonitos de Colombia.

El Cocuy fue declarado por decreto como el municipio más bello de Boyacá. A la derecha está la cabaña Guaicaní, lugar apropiado para quedarse la noche anterior al ascenso.

Lo acordado se sigue al pie de la letra. Un carro que nos llevaría a la cabaña Guaicaní llega justo diez minutos después de nuestro desembarco. Nos subimos en el vehículo, que a simple vista superaba los 25 años de arduo trabajo sin vacaciones, y emprendimos algo similar a una carrera de camper cross.

Dos horas después una apacible y fría cabaña nos acoge. Los arrieros y la familia de Juan Carlos, el dueño, nos recibe como en un hotel. Ya es de noche, la neblina y el frío entumecen, y nos ofrecen para dormir cama o que armemos carpa. Nos miramos y dijimos al unísono: cama... a $8.000 con cobijas y a $5.000 sola... Una aguapanela caliente, pan, queso y salchichón es la cena que nos lleva al lecho.